Etapa 8

Estadía en Santiago (Chile),Martes 15 al Jueves 17 de Enero de 2002

 

Martes 15 de Enero

 Por la mañana nos reunimos a desayunar, ya más organizados, y con unas cuantas horas más de cama que no nos venían nada mal.

 Sebastián Casorzo, René Viancos y Aldo Schnaidt, del Isetta Club de Chile, vinieron a buscarnos y juntos viajamos hasta una galería donde hicimos una presentación para el Canal 13 de Santiago. Estacionamos nuestros Isettas en formación a 45 grados y allí los expusimos por un rato.

 Un grupo luego se fue al hotel y a recorrer otros lados de la ciudad, yo me fui con el resto a un shopping donde Leonardo, Fernando y otros hicieron algunas compras y yo mientras preferí quedarme con los amigos chilenos a compartir el almuerzo y charlar un poco. Previamente se postergó un día el viaje a Viña del Mar. El retraso que llevábamos desde el principio seguía pesando en la organización de los eventos. Por suerte todo pudo arreglarse y entonces quedamos para el miércoles 16 de enero, justo coincidente con mi cumpleaños número 36.

Yo seguía con problemas con el transporte de regreso. Volví al hotel e hice varios llamados. Cayó la tarde y no tenía una definición. Al fin quedé en consultar la posibiidad de transportar el auto mediante una empresa que hiciese el trayecto directo Chile – Argentina y que perteneciese al mismo grupo que la transportadora uruguaya. Quizás ellos podrían hacer un arreglo interno y pasarse el favor a un precio módico.

 Por la noche fuimos a cenar por la Avenida Suecia, una calle angosta paralela a la calle del hotel (Santa Magdalena), con mucho parecido a nuestra Recoleta o Las Cañitas. Luego de la cena, el grupo fue a un par de boliches. Yo pasé por un cyberbar a chequear mis mails por primera vez desde que había salido.  Rendido por el cansancio, me dirigí al hotel a recuperar un poco las horas de sueño perdidas.

 

Miércoles 16 de Enero

 Por la mañana recibí saludos de cumpleaños de parte de mis compañeros de viaje. Yo los acepté con una sonrisa en mi rostro pero por dentro estaba muy preocupado por la suerte y continuidad de mi viaje. Mientras el resto preparaba sus autos para la etapa hacia Viña del Mar, me dirigí con Fernando Otte hacia las oficinas de la compañía de transportes a tratar mi tema. Grande fue mi desesperación al no encontrar una solución. Me pasaron un presupuesto de U$S 1600 para el transporte hasta Buenos Aires, lo cual era francamente inaceptable.

 Con el ánimo por el suelo volvimos en taxi hacia el hotel.  Ya se había pasado la hora de partir y yo no podía seguir retrasando todo por mi problema. No hay que olvidar que el día anterior ya habíamos postergado el viaje a Viña, y por la cuestión de los papeles de los autos hoy también estábamos retrasados. 

Debía tomar una decisión y en ese momento me pareció que lo más adecuado era desistir de seguir el viaje e intentar agotar las alternativas disponibles estando allí en Santiago. Obviamente no me gustó la decisión que tomé pero no podría disfrutar del viaje mientras este dilema estuviese sin resolver.  

Sebastián Casorzo, el presidente del Isetta Club de Chile, se ofreció a llevarme el sábado con su camión hasta la frontera argentina. Me pareció un gesto de gran amistad hacia mí, le agradecí enormemente su preocupación y le prometí tener en cuenta su ofrecimiento, pero eso significaba renunciar al pasaje de avión que ya tenía asignado y aún tenía esperanzas de cargar el Isetta en un transporte directo hasta Buenos Aires por un precio mínimamente razonable.

La caravana se armó y el grupo salió para Viña del Mar. Y yo me quedé solo, sentado en el hotel, con mucho dolor y tristeza.

 Estar solo en un país extraño, sin compañía, es algo que no se lo deseo a nadie realmente. Encima en el día de mi cumpleaños, y con el recuerdo de mi esposa y mi hija que ya me estaban extrañando del otro lado del continente.

 Mientras pensaba qué haría de allí en más, recibí una llamada de Alejandro Morales, quien conociendo el problema que estaba sufriendo no vaciló en ofrecerme su casa para que no esté solo. Yo acepté y al rato vino a buscarme. Viajamos juntos hacia la comuna de Macul, donde Alejandro tiene su casa.

 Alejandro me presentó a su familia : Cristina, su esposa, una chica menuda y muy delgada, quien me saludó con cariño, como si me conociese de antes. Macarena, la hija mayor, toda una señorita con sus once años. Isidora, con sus cuatro años y una importante melena de cabellos negros. Y Sebastián, con sus dos años... 

 Luego empezó el peregrinar telefónico de Alejandro. Habló con cuanta gente conociese, para buscar presupuestos de transportes y la posibilidad de aunque sea llevar al Isetta hasta subir los caracoles. Una vez arriba, desde la frontera hasta Mendoza el trayecto no sería fácil pero tampoco imposible. Por otro lado, tenía que contar con apoyo en Argentina, así que hablé con Eduardo Thompson y le comenté mi problema. Inmediatamente él se puso en movimiento, tratando de hacer averiguaciones por su lado.

 De repente llegó Cristina con una especie de facturas de crema que había comprado en la panadería, preparó la mesa y les colocó unas velitas. Me cantaron el Cumpleaños Feliz y Sebastián se encargó de soplar las velitas por mí. Fue un momento de paz entre tanta zozobra que había sentido.

 La noche llegó y los hilos quedaron tendidos para definir el tema del transporte la mañana siguiente. Más tarde recibimos la visita de Jorge Nario y Walter Hagemann, con quienes nos quedamos un buen rato hablando de microautos, repuestos y otros temas.

 Llegó el momento de dormir y olvidar un poco la angustia sufrida.

 

Jueves 17 de enero

 Por la mañana, mientras seguíamos buscando alternativas, crecía en mí la idea, originalmente planteada por Sebastián Casorzo, de que debía volver a mi país con el Isetta y una vez allí disponer el regreso por un transporte local. Eduardo había conseguido un precio más o menos conveniente, en pesos, para el transporte Mendoza – Buenos Aires.

 Walter Hagemann se ofreció a trasladarme desde Santiago hasta la frontera en su trailer, remolcado por su kombi VW Vanagon modelo 1989, que ya había actuado como unidad de respaldo del raid chileno días atrás. Al final la idea original de Sebastián resultó ser la mejor disponible, pero ya que habíamos armado todo con Walter, me pareció demasiado compromiso para Sebastián y por lo tanto preferí no llamarlo a viña del Mar pues sería complicar las cosas aún más. 

 El tema estaba resuelto, de la mejor manera posible y sin demasiados trastornos teniendo en cuenta la situación. Obviamente no era lo ideal, pero sí una buena solución.

 Atentos de que me había quedado sin poder llegar haste el Océano Pacífico, Alejandro y su familia se ofrecieron a acompañarme hasta allí el día siguiente. Qué alegría!!!!!!! Aún hoy lo recuerdo y nunca podré dejar de agradecérselos.

 Volvimos a la casa de la familia Morales y cenamos. Yo pensaba en el día de mañana. Otra vez la alegría del viaje volvía a mí. Y todo gracias a esta buena gente...

 

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