Etapa 6

Mendoza (Ciudad) - Potrerillos, Domingo 13/01/2002

 

La ansiedad de los uruguayos por ver las montañas era evidente. Algunos, como Jorge Alberti, nunca habían estado en zona cordillerana y se preguntaban cómo sería en vivo y en directo.

A las siete de la mañana me acerqué a la ciudad con el fin de grabar los cristales. Sin desayunar, arranqué el Isetta, que respondió al primer intento, como siempre desde que comenzó el raid. Al regreso, a media mañana, desayuné y me puse a revisar mi Isetta. Lo de siempre : Manchones, juego de las ruedas, aceite de motor, caja y transmisión.

 Luego de un suculento almuerzo, festejamos el cumpleaños de Fernando Martínez con una torta helada, y luego de brindar seguimos con la revisión y los preparativos para seguir la marcha hacia la Cordillera.

 El camino se inició al atardecer, pasando por el centro de Mendoza. Luego de salir de la ciudad, tomamos la ruta 84, que termina sobre la 7. Este camino estaba en bastante mal estado y mi Isetta sufría al punto de que la puerta se abría por el golpeteo. Una y otra vez debía trabar la cerradura.

 Una vez en la ruta 7, el camino estaba en excelente estado,  pero empezaban las trepadas importantes. La más grande, por ahora : la Cuesta de Potrerillos, una subida no excesivamente pronunciada pero sí muy larga. Allí empezamos a experimentar algo nuevo : el comportamiento del Isetta en las subidas. Debíamos llevar el motor a un régimen de vueltas intermedio, para lograr un equilibrio entre el esfuerzo realizado, velocidad, y rapidez de disipación del calor. Era increíble cómo se notaba el calor en la espalda.  Pues bien, era mejor cuidar la máquina, llevar el motor descubierto (sin el capot) para que el aire entrase directamente y se refrigere mejor el compartimiento trasero, y no hacer aceleraciones bruscas para cuidar los elementos de la transmisión.

 Había que subir en tercera, y bajar un cambio si era necesario. Era preferible llevar el motor medio “alegre” y no haciendo : “pof, pof, pof” como si fuese un Diesel de los viejos porque cada explosión es un suplicio para la pobre planta motriz. Potrerillos es una larga subida, de varios kilómetros, y nuestros Isettas competían en velocidad con pesados camiones con acoplado.

 Aquí fue donde sufrimos la segunda baja en nuestra caravana. El Isetta de Juan René Delger venía en último lugar, bastante detrás de mí. En un momento, según Euverfil Olivera, quien venía en la kombi cerrando la caravana, comenzó a largar humo y allí se detuvo. El Isetta dijo basta y parece que el daño del motor era de consideración.

 Mientras los Fernández asistían al infortunado Isetta de Juan René, y sin enterarnos de lo que pasaba detrás, el resto encaraba la bajada. Así como es prolongada la subida en Potrerillos, también lo es la pendiente.

 Una alternativa era bajar manteniendo la cuarta conectada, y usando el motor como freno, manteniendo así la velocidad perfectamente, acelerándolo un poco, ya que de otro modo implicaría el trabajo excesivo del motor en vacío con el consiguiente riesgo de calentamiento y desgaste de los aros. El aceite 2T, calculo, debería estar desempeñando un papel protagónico en estas situaciones.

 La otra alternativa era directamente poner el punto muerto y dejar el vehículo tomar velocidad en la bajada, controlándola de modo de no excederse. Claro, los Isettitas bajaban como tiro !!!! A decir de Jorge, llegamos a los 85 Km/h justo al fin de la bajada, donde un montón de gente estaba reunida observando el llenado de la represa de Potrerillos. Nos aplaudieron rabiosamente y acompañaron nuestro paso con ruidosos bocinazos. Era vertiginoso bajar a esa velocidad, parecía una montaña rusa, acompasada por el zumbido de los rulemanes de las ruedas...

 Pasamos Potrerillos y llegamos a un lugar llamado “quebrada del 60” a tomar unas fotos. Allí nos avisaron del percance de Juan René. Retornamos al camping de Potrerillos, lugar donde el Isetta infortunado había sido remolcado. Mientras revisaban el motor, y ya bien entrada la noche, recargamos combustible y compramos algo para comer. El Isetta de Juan René fue cargado en un remolque del Automóvil Club Argentino hasta la frontera y debió coordinarse con otro remolque del lado chileno para que retire el vehículo y lo lleve hasta Los Andes donde luego se embarcaría en el transporte a Montevideo. Previamente, y con la autorización del dueño, se le hizo un poco de “canibalismo” en sus partes más delicadas, como por ejemplo las tricetas, de las cuales no nos quedaban más repuestos y temíamos que alguna se dañase en las trepadas.

 Desde ya lamenté mucho que el Sr. Delger no pudiese concluír el viaje. Este fue un esfuerzo muy grande para él, a pesar de tener un estado físico que muchas personas más jóvenes envidiábamos.

 Decidimos quedarnos allí a pasar la noche, nos fuimos a acostar a la una de la mañana con la idea de salir muy temprano al punto crucial de nuestro viaje : el cruce de la Cordillera.

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