Epílogo

Domingo 20 de enero de 2002

  

Eduardo me ayudó a cargar mi equipaje en su camioneta. En Mendoza quedó el Isetta, que sería luego cargado junto al motor de repuesto y otras cosas mediante una plataforma de madera, convenientemente atado a la misma y afirmada en el piso el transporte.

 Viajamos hasta el aeropuerto de El Plumerillo, bajamos mis cosas y me despedí de Eduardo con un caluroso abrazo. Volví a agradecerle todo lo que había hecho por mí y me puse a su disposición para lo que necesitase.

 El vuelo fue rápido, puntual y sin problemas. Llegué al Aeroparque y mi esposa e hija estaban allí, en el hall central. No esperé a recibir los equipajes, me abalancé hasta la puerta y me abracé llorando a mi hijita, quien lejos de comprender la situación me miró con extrañeza al notar las lágrimas y la expresión de mi rostro. Fueron once o doce días solamente, pero a mí me parecieron una eternidad.

 Luego de recuperar mi equipaje me reencontré con Patricia, también lloré de la emoción por tantos días separados, y volvimos a casa.

 El Isetta llegó en camión el Jueves 24 por la mañana. No sufrió daños en su exterior, lo único que ocurrió fue la rotura de la llave de luces, un daño realmente menor si contabilizamos los kilómetros recorridos.

 Con Gabriel, mi mecánico, fuimos a buscarlo. Un corto trayecto hasta el taller mecánico y a la revisión. Sólo hubo que regular válvulas y platinos, cambiar el aceite, se chequeó el tren delantero, los frenos y la dirección, se tensó la cadena de transmisión, se apretaron tuercas flojas y se corrigió el perno del embrague. Nada más. El motor retomó su andar silencioso, luego que el fuerte taca – taca de las válvulas desapareció con la regulación.

 

Y así llegamos al final de este relato. Estoy feliz por haber podido concretar con éxito este logro, tanto personal como de equipo. Fue un gran esfuerzo económico, organizativo y también físico. Y fue un gran esfuerzo y una prueba de fuego para la verdadera estrella de esta aventura : Un pequeño vehículo fabricado en Alemania el 8 de mayo de 1958, importado a Argentina, pasando a mis manos en 1998; restaurado a fondo, con errores y defectos pero siempre con la mejor buena voluntad. En fin, señores... mi nunca más justamente ponderado BMW Isetta. 

Fin

Ernesto M. Parodi.

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